Bergerot ha lamentado la muerte de los 141 marroquíes que perdieron la vida intentando asaltar nuestro país, pero en ningún momento ha mencionado a los ciudadanos ceutíes. Bueno, sí los ha mencionado. Pero no para solidarizarse con ellos, sino para insultarles y criminalizarles, poniendo como ejemplo actos muy minoritarios y excepcionales.
A pesar de ello, la exlíder del partido de izquierdas ha obviado que la responsabilidad de lo ocurrido y, por ende, de las 141 muertes, ha sido de un Gobierno negligente que ignoró los avisos de los distintos cuerpos de inteligencia. Es decir, esas muertes se podrían haber evitado si el Gobierno, al que pertenece la líder de su partido, no hubiera hecho dejación de sus funciones.
Pero lo más grave de sus declaraciones ha sido cuando ha quitado peso a la situación a la que se enfrentan a diario los vecinos de la ciudad de Ceuta, calificando la invasión como “emergencia humanitaria”. En definitiva, para ella el problema son los ceutíes y no los marroquíes.
La portavoz de Más Madrid ha denominado a los asaltantes de la ciudad como “niños”, negando que fuesen invasores y ha solicitado al Grupo Parlamentario Popular humanidad y que Madrid acoja a los “niños” marroquíes que asaltaron la valla de la Ciudad Autónoma los días 30 y 31 de julio.
Pero la cuestión es, ¿tiene razón Bergerot? La realidad es que no. Lo que está sufriendo Ceuta es una invasión y no una crisis humanitaria. Y vamos a explicar por qué.
Para entender la magnitud del problema, debemos partir de la definición de ambos conceptos y observar la realidad de los hechos despojándonos del buenismo imperante. Una crisis humanitaria sucede cuando miles de personas huyen de un conflicto bélico inminente, un desastre natural o una hambruna impredecible. Sin embargo, lo que ha sucedido en las fronteras de Ceuta no tiene nada de espontáneo, fortuito ni pacífico.
Estamos ante oleadas perfectamente orquestadas, asaltos masivos y coordinados que buscan quebrar la soberanía nacional a través de la intimidación y el desbordamiento. Cuando 80.000 individuos, una inmensa mayoría de ellos varones jóvenes en edad militar y con una actitud beligerante, atentan contra nuestras fronteras teniendo el concepto en la mente del “Gran Marruecos”, el término «refugiado» o «niño indefenso» pierde todo su sentido. Lo que queda a la vista es una táctica de presión, un desafío a la integridad territorial que encaja a la perfección con la definición de una invasión.
No podemos obviar la geopolítica ni el papel de Marruecos en esta ecuación. El país vecino ha demostrado en reiteradas ocasiones su nula voluntad de colaboración real y su disposición a utilizar la presión migratoria como un arma de chantaje diplomático. Es más, el Reino Alauita no ha escondido en ningún momento su vocación imperialista sobre Ceuta y Melilla. Y no es casualidad que justo tras el asalto a la frontera de Ceuta, ministros del Gobierno marroquí abogaran por incorporar a su territorio nacional las dos Ciudades Autónomas.
Permitir, e incluso fomentar, que miles de sus ciudadanos crucen ilegalmente nuestra frontera para desestabilizar a una nación vecina no es un éxodo de personas vulnerables, sino un pulso político fríamente calculado. Llamar a esto «emergencia humanitaria» es comprarle el relato a quienes utilizan a seres humanos como arietes contra nuestra frontera. Es un insulto a la inteligencia de los españoles y, sobre todo, una rendición inaceptable ante un país tercero.
Mientras la izquierda se enzarza en debates estériles, ¿qué ocurre con los ceutíes? Aquellos a los que la señora Bergerot prefiere ignorar o criminalizar son quienes sufren las verdaderas consecuencias de esta invasión diaria.
Ven cómo sus servicios públicos colapsan, cómo la inseguridad se adueña de sus barrios, cómo cierran sus negocios, cómo sus niños tienen que ir al colegio escoltados y cómo su modo de vida se ve amenazado por una situación insostenible. Los ciudadanos de Ceuta no necesitan lecciones de superioridad moral dictadas desde un cómodo escaño a mil kilómetros de distancia; necesitan que el Estado les proteja, que defienda su hogar y garantice su seguridad. El abandono institucional que padecen por parte del Gobierno central sí es una verdadera emergencia.
Por tanto, pretender camuflar un ataque sistemático a nuestras fronteras bajo el manto de la falsa compasión no solo es una profunda irresponsabilidad, sino un desprecio a quienes defienden nuestro país.
Nuestros guardias civiles y policías nacionales se enfrentan a estos asaltos violentos en condiciones de extrema precariedad, atados de pies y manos, sin el respaldo legal y político que merecen. Reconocer que lo de Ceuta es una invasión es el primer paso indispensable para exigir el respeto a nuestras fronteras, frenar el chantaje marroquí y devolver la tranquilidad a nuestros compatriotas ceutíes. Todo lo demás es pura demagogia y complicidad con quienes buscan la debilidad de España.
